Por: Vivi Flores
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la palabra queja de la siguiente manera: “Expresar con la voz el dolor o pena que se siente. Manifestar el resentimiento que tiene de otra. Manifestar disconformidad con algo o alguien. Sinónimos: protestar, reclamar, oponerse.”
En los últimos meses he estado meditando mucho en esta palabra, ya que a mi mente ha venido el pensamiento de que en el mundo en que vivimos no pasa un día sin que estemos inconformes con algo, lo cual nos lleva a expresar nuestra protesta por tal situación, lugar, persona, cosa, etc. En realidad, la lista puede ser interminable.
Pero mientras nos quejamos, me doy cuenta de que nuestros corazones están siendo atacados por un profundo sentimiento de insatisfacción o infelicidad que no da lugar para la gratitud. Este sentimiento los hace tornarse amargos, afectando nuestras relaciones con Dios, el prójimo y con nosotros mismos. Esa es una de las consecuencias que tiene el quejarse por todo.
Ante este panorama, encontré una reflexión de Compelling Truth que me pareció muy pertinente: “En lugar de refunfuñar por nuestras dificultades, podemos imitar la actitud de Pablo. Podemos mantenernos seguros en nuestra justificación ante Dios a través de Cristo, en paz con Él y sabiendo que tenemos acceso a Él por fe (Romanos 5: 1–2). Estamos firmes en su gracia y nos regocijamos en la esperanza (Romanos 5:2). «Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.»(Romanos 5: 3–5; Santiago 1: 2–4). En lugar de quejarnos, confiamos en que Dios está obrando y confiamos en Él para nuestro gozo y para darnos resistencia para seguir adelante (Romanos 8).”
Por otro lado, no está mal expresar la insatisfacción que produce el vivir en un mundo que gime con dolores de parto, siempre y cuando el anhelo de la redención de Dios también esté presente. De esa manera estaremos deseando lo que Dios mismo desea: un cielo nuevo y una tierra nueva en los cuales ya no habrá más lugar al sufrimiento, el dolor, la enfermedad, etc., es decir, todo lo que nos lleva a la queja. No está mal quejarse en oración a Dios, por ejemplo, porque al acercarnos a Él encontraremos sabiduría, respuesta y el consuelo que nuestros corazones quebrados necesitan. Nada de este mundo nos podrá satisfacer más que la presencia de Dios.
Solamente podemos anhelar esa esperanza a través del sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario, cuando Él voluntariamente se entregó para redimirnos SIN abrir su boca mientras lo azotaban, lo rechazaban, lo insultaban y lo atravesaban con una lanza mientras Él pagaba el precio que los seres humanos merecíamos por nuestro pecado.
Por eso, amada, es preciso que en este mundo aprendamos a vivir esperando esa nueva creación con un corazón expectante y agradecido por Jesús, el Salvador de la humanidad.
Mientras más bendigamos con nuestra boca y renunciemos a estar resentidas o inconformes con nuestra realidad, más experimentaremos la paz y el gozo que provienen de Dios y seremos luz para quien aún está sin rumbo. El apóstol Pablo le dice a la iglesia de Filipos: “Háganlo todo sin quejas ni contiendas, para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el mundo” (Filipenses 2:14-16).
Te animo a que hoy, aunque sea difícil, sea el día en que le pongas un alto a la queja; y decidas confiar en los planes y el amor de Dios siendo agradecida.
Te dejo con este dulce desafío: mañana, cuando te levantes y Dios te regale un nuevo día, empieza a contar las veces que de tu boca salga una queja o inconformidad. Cuando la hayas identificado, te animo a sustituirla por una expresión de gratitud; estoy segura de que el Espíritu Santo de Dios te ayudará a recordar Sus bondades en tu vida.
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. (1 Tesalonicenses 5:18-RV60)
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